Transformar
la educación
ELISA SILIÓ 19/02/2014
Durante siglos eran pocos los elegidos que aprendían
a leer y escribir y recibían esta instrucción en su casa a cargo de tutores.
Hasta que llegó la revolución industrial y surgieron las primeras escuelas.
Hacía falta enseñar al menos los rudimentos básicos del cálculo y la escritura
a los trabajadores de las fábricas o de los mercados. Desde entonces, y han
pasado más de 200 años, el mundo se ha globalizado y los avances técnicos son
meteóricos, pero las clases se siguen impartiendo en el mismo espacio con el
mismo método que entonces: el maestro o profesor dicta una lección y los
alumnos toman apuntes y, de vez en cuando, preguntan. Así que toca
voltear el sistema de arriba abajo, desde la escuela infantil hasta la
universidad.
No queda otra opción que transformar la educación
para no perder comba en un mundo en constante cambio. El escenario lo plantea
muy bien Cristóbal Cobo, investigador de la Universidad de Oxford: “Si a lo
largo del año pasamos casi tres meses conectados a Internet y cerca de cuatro
dormidos, nos queda muy poco tiempo para pensar”. Por eso considera que no hay
que intentar competir con las máquinas, sino “desarrollar la capacidad de
encontrar, de compartir o redistribuir esa información”. Y para ello se
necesita echar mano de la última tecnología. Según un estudio del banco de
inversión Ibis Capital, la industria del e-learning (contenidos, plataformas,
portales de aprendizaje) movió en 2012 más de 66.400 millones de euros en todo
el mundo, y la expectativa de crecimiento es del 23% hasta 2017.
COMUNICACIÓN Y TECNOLOGÍA
Xavier Prats Monné, el nuevo director de Educación
de la Comisión Europea, va más allá y opina que por primera vez los alumnos son
los que lideran el cambio educativo. “¿Por qué? Porque traducen en la escuela y
la universidad su experiencia diaria: están acostumbrados a colaborar gracias a
Internet y a que sus amistades no dependan de su situación geográfica”,
explicaba recientemente en una
entrevista en este diario. Y se comparaba
con ellos: “Para mi generación, la diferencia entre comunicarse físicamente o
virtualmente por Skype es muy fuerte; pero para la de mis hijos, la
comunicación es algo mucho más sofisticado porque la tecnología es parte natural
de su experiencia cotidiana”.
“Hubo un
tiempo en el que la escuela tenía garantizada esa opción de ver mundo. Pero hoy
no tiene ningún sentido que existan maestros maravillosos como el de la
película La lengua de las mariposas, que encandilaba a sus alumnos
contando historias asombrosas sobre cosas que ocurrían fuera del pueblo”,
sostiene Mariano Fernández-Enguita, catedrático de Sociología en la Universidad
Complutense de Madrid. “Internet tiene ventanas a todas partes y la función del
profesor, más que impartir conocimiento, debe ser la de cribar. Igual que hasta
ahora elegía las lecturas”. En los campus universitarios se repite la misma
situación. “No tiene sentido que en un aulario enorme los alumnos de Medicina
vean cuatro huesos alrededor del profesor. Para eso están los vídeos”, subraya
Josep Valor, profesor de Sistemas de Información de la escuela de negocios
IESE.
“Hay quien asegura que el problema de la educación
con las nuevas tecnologías es el mismo que el de los fabricantes de hielo
cuando surgieron las neveras. Pero nosotros no ofrecemos hielo, sino frío.
Nosotros, los educadores, enseñamos a aprender”, precisó Cobo en el foro Educar
para transformar de la Universidad Europea de Madrid. Bruselas ha dejado claro
a los países de la UE que sus alumnos deben aprender estas herramientas
imprescindibles para ser capaces de desenvolverse en la vida y usar la
tecnología. Los profesores deben, por tanto, enseñar de otra manera para que
sus pupilos aprendan mejor. Pero el aprendizaje no termina ahí. “Es un asunto
de los políticos, la comunidad educativa y los padres. A mí me sorprendía ir
por la calle y que la gente me dijese: ‘¡Qué mal tiene usted la educación!”,
ironizaba recientemente Ángel Gabilondo, el último ministro socialista.
Fernández-Enguita, más extremista que casi todos los
expertos educativos, está seguro de que el docente dentro de un aula “no ha
muerto ni va a morir” porque la educación hasta los 16 años es obligatoria y
tiene una función de custodia para los más pequeños, pero que si no lo haría.
Muchos expertos creen que cuanta mayor es la información que se puede consumir,
menor es nuestra concentración en algo concreto. “El alumno se pregunta: ‘¿Por
qué tengo que atender a eso y no estoy haciendo otras cosas?’. Es difícil
captar su interés. Por eso han subido las tasas de déficit de hiperactividad”,
subraya Fernández-Enguita.
Vamos, piensa este sociólogo, hacia una educación en
la Red en la que no queda claro quién enseña y quién aprende y sin límites de
espacio y tiempo. Una idea en la que también ahonda Cobo: “La tecnología ha
diluido las barreras entre distintas disciplinas. Rompe con la idea de un aula,
un docente y unos contenidos”. Y al establecer un nuevo paradigma, “el
aprendizaje es la Red y nos hace entender la sociedad como algo en permanente
evolución”. Este desfase actual entre los avances tecnológicos y una enseñanza
en los centros anclado en el siglo XVIII ha provocado en Estados Unidos un
aumento de los niños que reciben clase en casa (home schooling).
“Hay que adaptar el aprendizaje a las necesidades.
Se habla mucho del cambio de currículo, pero no de las aplicaciones”, observa
Pierre-Antoine Ullmo, al frente de la empresa PAU Education. “En los últimos
dos años ha habido una irrupción de tecnología más accesible para los alumnos y
formadores”. Ullmo dirige un ambicioso proyecto, Open Education Challenge,
apadrinado por la Unión Europea, que pretende crear una incubadora que promueva
la creación de nuevas empresas (start-ups) relacionadas con la innovación,
el desarrollo de tecnologías y el diseño web.
Detrás de este programa hay inversores habituados a
arriesgar su dinero en la Bolsa y sectores punteros. Porque en esta nueva era,
la educación, piensan muchos, debe dejar de ser vista como un campo acotado al
Estado y perder el miedo a su mercantilización, como ocurre ya en Estados
Unidos o Israel. “Si la gente compra juegos para su portátil, ¿por qué no
productos educativos? El mayor error es pensar que la educación está reñida con
la diversión”, reflexionó el director de Educación de la Comisión Europea en EL
PAÍS.
Cada vez faltan menos medios en las clases. El 86,7%
de las aulas habituales tienen conexión a Internet en colegios e institutos y
baja la proporción de alumnos que comparten ordenador (el curso pasado, 3,2; en
el caso de centros públicos, 2,8). En la universidad es otro cantar. Las
diferencias entre campus son abismales. Así, mientras que en la Pompeu Fabra o
La Rioja hay una computadora para cada estudiante, en la Politécnica de Madrid
la ratio es de una por cada 189 alumnos. Y repartidos en distintas modalidades.
En la de Murcia hay un servicio de préstamo de portátiles, por ejemplo.
Según los expertos, los docentes con un nivel de
usuario de informática están preparados para adaptar sus clases a la tecnología
con un curso de dos o tres meses. Antes de la crisis, las consejerías de
Educación ofertaban muchos cursos de formación gratuitos. Ya no son tantos, y
quedan aún muchos profesores reticentes al cambio. Otro problema añadido son
las averías que inhabilitan muchos ordenadores por tiempo.
EDUCACIÓN CREATIVA
En este nuevo modelo adaptado a los tiempos, el
crecimiento personal desempeña un papel clave. “En los países anglosajones y
nórdicos, la educación es más creativa y está basada en el juego. Mientras, en
los mediterráneos como España hay un acercamiento a la educación a la francesa,
más intelectual”, piensa Christopher Clouder. El director de la Plataforma para
la Innovación en Educación –un programa de la Fundación Botín en los colegios– está
convencido de que los alumnos que luego tienen éxito en la vida son quienes “se
sienten respetados por el profesor, que los apoya, que los conoce bien y no
busca resultados, sino sacar lo mejor de ellos”. Para ello sostiene que en el
aula “hay que crear un microcosmos de lo que es el mundo, en el que
sociabilicen y aprendan a ser tolerantes”. Y frente a la polémica en España
sobre la ratio de alumnos por clase –que ha crecido– es permisivo: “Se pueden
tener 30 o 35 alumnos si el profesor los conoce bien”.
Esta necesidad de Clouder puede chocar con el uso
constante de la tecnología a ojos de Tomás de Andrés Tripero, profesor de la
Facultad de Educación de la Universidad Complutense. Recuerda que en Silicon
Valley, el lugar con más expertos en informática por metro cuadrado del mundo,
los niños no tienen móvil ni ordenador hasta pasados los 10 años. “Los padres
quieren que sus hijos desarrollen la estabilidad emocional y se sociabilicen, y
las tecnologías aíslan”, asegura Tripero. Y alerta sobre el uso continuado que
hacen niños casi bebés de las tabletas, porque el cerebro no está adaptado para
esos estímulos perceptivos. Ello le lleva a preguntarse: “¿Cómo van a conducir
de mayores solo a 120 kilómetros por hora si su sistema nervioso se ha adaptado
a la rapidez?”. Lo veremos en un mundo sin tizas, ni mapas de plástico, ni
proyectores de diapositivas.
Estoy de acuerdo en que hay que adaptar la educación a las necesidades. Aprovecho para hacer un comentario de esta publicación ya que estoy leyendo a Freinet y muchos puntos tratados en esta publicación me han recordado a él. El veía sumamente necesaria una readaptación y ya la veía a mediados del siglo pasado con lo cual ahora no es sólo necesaria sino imprescindible. Freinet ya decía entonces: "No sigamos acomodados por más tiempo a una escuela que lleva un retraso de cien años por su verborrea, sus manuales, sus manuscritos, el balbuceo de sus lecciones, la recitación de sus resúmenes, la caligrafía de sus modelos. ¡ En el siglo del reinado indiscutible de la imprenta, de la imagen fija o animada, de los discos, de la radio, de la máquina de escribir, de la fotografía, de la cámara de cine, del teléfono, del tren, del coche y del avión!"
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